Si colaborar dependiera de ti…

Grupo de personas reunidas en un espacio creativo, dialogando y compartiendo ideas, representando colaboración y trabajo en equipo.

Foto de Antenna en Unsplash

Colaborar no es una opción o un comportamiento, es una necesidad para que el negocio progrese, una oportunidad para que las personas conecten.

El cuento de los «reinos de taifas» se repite una y otra vez en diferentes realidades empresariales en las que, bien por el momento que está viviendo la compañía, bien por necesidades concretas en relación a su modelo de negocio, éstas se descubren favoreciendo luchas internas o desacuerdos que llevan asentados en el desencuentro una larga temporada.

Para aquel que no lo sepa, las taifas eran pequeños reinos y principados musulmanes independientes que surgieron tras la caída de los califatos musulmanes hegemónicos en Al-Ándalus, durante la Alta Edad Media. Cuando hablamos de estos «reinos de taifas» en el entorno empresarial hablamos del desequilibrio natural que existe cuando se ha perdido el rumbo, y la cultura de la organización está manifestando la necesidad de cambiar.

Que existan estos reinos independientes en una empresa es además sinónimo de una necesidad de alineamiento en el liderazgo y una ausencia de colaboración. ¡Calma, es natural!

Silos, áreas separadas, objetivos que no están interconectados, falta de visión sistémica, ausencia de alineamiento en los comités de dirección, miedos, malos entendidos o conversaciones que nunca tuvieron lugar… Las llamemos como las llamemos, todas esas realidades nos descubren el mismo reto: colaborar no depende de uno solo, y eso es maravilloso.

Son muchas las ocasiones en las que las respuestas de las personas con las que hablo muestran una clara intención de querer ponerse al servicio de los demás o del propio proyecto, pero, por suerte o por desgracia, una intención aislada no es capaz de mover ciertos mecanismos que se saben traccionando de una determinada manera y sólo de esa. Una maquinaria que lejos de pretender estancarse, se encuentra anclada en unas dinámicas que funcionaron años atrás pensando en ese “así estamos bien”, en el que nuestro cerebro se siente tan en calma. Ni bien, ni mal, parte de la vida.

La colaboración es un proceso complejo, tanto como lo somos las personas y lo son los ecosistemas que conforman las organizaciones. Un proceso en el que la confianza y la comunicación se convierten en ese binomio angular sobre el que debe construirse todo lo demás.

En culturas colaborativas, el intercambio de conocimiento, el diálogo, la experimentación y el espacio para el pensamiento crítico se vuelven parte fundamental que queda instaurada en las rutinas diarias de los empleados y, por lo tanto, describe su cultura. Sé que la realidad de muchas organizaciones es otra bien distinta. Cuando no hay tiempo para pensar, el conocimiento y la reflexión se vuelven irrelevantes: lo que importa es situarse en la acción, en la operativa y en seguir engrasando la máquina para que esta no se pare.

Desde mi perspectiva, los tiempos del diálogo no son amigos de la actividad frenética y la acción constante. Es decir, los ritmos que requiere el hecho de dialogar, entendiendo el diálogo como un espacio en el que poder tener una conversación significativa con el otro, poder atravesar el conflicto, tensionar y destensionar posturas y alcanzar (en el mejor de los casos) un lugar de encuentro y unión… esos ritmos, requieren tiempo para profundizar, comprender, cuestionar, perderse y volver a encontrarse después. No se encuentran sujetos a ningún deadline.

Estamos metiendo ya a la cazuela más de un ingrediente indispensable que se han sumado a la confianza y la comunicación. Diálogo, reflexión, conflicto, encuentro… un montón de elementos que, cuanto menos, requieren del tiempo de las personas para comprender. Y es que, si bien las organizaciones son entes complejos por su construcción y naturaleza, la colaboración entre los diferentes sistemas que cobran vida dentro de ellas deben atender a esa complejidad.

La colaboración no es solo dar nuestro brazo a torcer o hacer la vista gorda para que el de al lado se quede contento. Colaborar implica en muchas ocasiones cuestionarse si los procesos internos o el propio modelo organizativo nos está impidiendo crecer como negocio.

En mi opinión, a veces confundimos el crecimiento de un negocio con los beneficios que es capaz de alcanzar, aislando a la empresa como un ente en sí mismo y perdiendo de vista que, en esencia, éstas crecen si también crecen las personas que hacen posible las cosas dentro de la organización. Es decir, un negocio prospera cuando los seres humanos que hacen realidad el día a día de la empresa pueden desarrollar todo su potencial, y para eso NOS necesitamos.

Si colaborar dependiera solo de los líderes de la organización no estaríamos entendiendo el quid de la cuestión. Colaborar no es una opción o un comportamiento, es una necesidad para que el negocio progrese, una oportunidad para que las personas conecten. Por supuesto que necesitamos a los líderes, pero no solamente.

Colaborar requiere de renunciar a posibles ideas o maneras de hacer las cosas, a centrarte en tu tarea y mirar por tus objetivos, requiere de la labor de desprenderse de lo aprendido para dar un paso adelante hacia el asombro, permitiéndonos entender que no lo conocemos todo y que es gracias a los demás y sus formas de entender el mundo que somos capaces de acercarnos más a comprender y ser mejores como empresa.

A nadie, llegados a este punto, le puede sorprender que diga que es mucho más fácil no colaborar, cumplir con los objetivos pautados y no salirse del mapa para llegar allí donde se supone que se espera que llegues.

Si que las empresas colaborasen dependiera de mí, trabajaría en el diseño de espacios de confianza en los que fomentar la conversación significativa. Revisitaría mis creencias y me haría preguntas incómodas que me ayudasen a comprender cuánto estoy favoreciendo a que la colaboración florezca.

Si la colaboración dependiera de mí, juntaría a las personas y a sus desacuerdos para enfrentar los conflictos y atravesarlos hasta alcanzar el encuentro, generando crecimiento.

Si dependiera de mí, les recordaría que la empresa es un espacio que debe estar al servicio de las personas y que juntos somos infinitamente mejores porque la inteligencia colectiva es un superpoder, de esos que mueven masas y dejan huella.

Afortunadamente no sólo depende de mí, o de ti…
¿Acaso no es eso en sí mismo una gran oportunidad?

 


Cristina Bucero
Directora del área de visión y cultura en Soulsight

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