La intuición como implicatura (o por qué montar muebles sin instrucciones)

Me encanta montar muebles, pero, sobre todo, me encanta montarlos sin instrucciones (especialmente los de Ikea). Creo que es porque me va el riesgo: esa pequeña descarga de adrenalina de esperar hasta el final para descubrir si me sobra algún tornillo. También es porque me hace gracia pensar que quizá, en mitad de la noche, la estantería decida desmontarse y yo me quede ahí, mirando los restos, pensando que debería haber leído el puñetero manual. Pero la realidad es que nunca se desmonta. Y por eso sigo haciéndolo. Porque confío en mi poca visión espacial, en las ganas que tengo de que ese mueble ocupe su sitio y, lo confieso, porque confío plenamente en mi intuición.

El problema de esto es que la gente que necesita instrucciones me inquieta un poco. No sé si porque me hace pensar que les falta confianza, o que a mí me sobra. Como si no se fiasen de que las piezas, por su propia forma, ya saben dónde quieren encajar. De que las instrucciones, a veces, asfixian la capacidad de percibir el orden natural de las cosas, de intuirlo. Y pensando en esto, en cómo entendemos sin que nos expliquen todo, he llegado a Paul Grice.

Grice fue un tipo que se obsesionó con cómo nos entendemos cuando hablamos. Se preguntó qué es necesario para que una conversación tenga sentido, y formuló lo que llamó las máximas conversacionales: di la verdad, sé pertinente, no hables de más y, por favor, sé claro. Pero Grice, que era un tío muy inteligente, se dio cuenta de que a veces nos cuesta horrores ser directos, que la vida no es un manual de usuario y que el humor, que lo es todo, no cabe en unas instrucciones de montaje, en unas máximas.

Es decir, que necesitamos violar constantemente las normas, esas máximas, porque necesitamos comunicar algo que la literalidad no alcanza. A esto lo llamó implicaturas. Imagina que te pregunto: «¿Qué tal es tu nuevo jefe?» y tú, en lugar de decirme que es un inepto pretencioso, me sueltas: «Bueno, es muy puntual». Técnicamente me estás dando información bastante inútil; estás violando la máxima de pertinencia. Pero, en realidad, me lo has dicho todo. Me estás diciendo que no tiene ni una sola virtud profesional que valga la pena mencionar. El sentido, entonces, no está en lo que dices, sino en el hueco que dejas entre lo dicho y lo que yo entiendo. Eso es una implicatura: el arte de decir mucho diciendo otra cosa. 

Aquí es donde la cosa se pone seria y donde espero que entiendas por qué hablo de Ikea. Y es que, para mí, la intuición es la implicatura definitiva.

La realidad es como ese amigo que te habla con segundas intenciones. El mundo nunca es claro, ni pertinente, ni breve. Se salta todas las máximas de Grice a la vez. Sin embargo, si montas muebles sin instrucciones, si confías en la intuición, sabes que eso no significa que el mundo esté vacío, que no tenga sentido o que sea un caos; significa que está lleno a reventar. Montar muebles sin instrucciones no es un acto de rebeldía irracional; es un ejercicio de hiper-lógica. Es aceptar que hay muchas piezas que tienen que encajar y que el manual es demasiado pequeño para explicar la complejidad del conjunto. Que la intuición no es una falta de lógica, sino su forma más condensada: es la razón funcionando tan rápido que se vuelve imperceptible.

Podemos decir, entonces, que la intuición es nuestra capacidad de captar las «indirectas» existenciales. Es esa voz que nos dice que algo no cuadra o que ese es el camino correcto, aunque nuestro manual de instrucciones, lento, aburrido y en blanco y negro, todavía no haya pasado de la página tres.

Confiar en la intuición es aceptar que el sentido de una vida no se deduce analíticamente: se percibe. Es entender que, aunque parezca que nos sobran tornillos, la estructura se mantiene porque hay un orden invisible que la sostiene. Como decía David Bohm, el universo es una totalidad implicada. En su teoría, la realidad no es un conjunto de piezas sueltas que intentamos encajar a martillazos, sino un tejido continuo donde cada parte contiene la información del todo. Por eso la intuición no es magia ni esoterismo; es simplemente el recuerdo de esa unidad. Es la razón reconociendo el patrón antes de que el lenguaje pueda nombrarlo. La «implicatura» de un universo que está más conectado de lo que nuestra atención consciente alcanza a procesar. 

Así que, la próxima vez que te sobre un tornillo, no te asustes. Quizá no es que falte una pieza; es que el mueble, como la vida, siempre guarda un margen de exceso para que podamos seguir confiando en lo que no está escrito.

 


Ana Jara
Cultura e Innovación en Soulsight

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