Hoy, mirar al mundo de frente es un acto casi heroico. Nos hemos acostumbrado a tratar con versiones acomodadas de las cosas, percepciones que se imponen como certezas simplemente porque se sienten con intensidad, y opiniones que, al repetirse lo suficiente, pasan por hechos. La subjetividad, que debería ser una puerta de entrada al mundo, se ha convertido en una forma elegante de distorsión. Así, la realidad perdió su suelo común y empezó a comportarse como una ficción útil, maleable, siempre al servicio de quien la sostiene. Y ese gesto que fragmentó lo real hacia afuera terminó fragmentándonos por dentro. En esa reafirmación constante —algorítmica, emocional, cognitiva— nuestro ego tomó el mando, interpretando antes de percibir, defendiendo antes de comprender. Y el resultado es un mundo deliciosamente dócil y a medida, sí, pero también un yo hecho a medias, construido para no mirar de frente lo que duele y lo que falta. Ganamos control, pero perdimos orientación. Y nos engañamos afirmando que el mundo se ha deshumanizado cuando en realidad somos nosotros quienes nos hemos ido desnaturalizando, capa por capa.
Quizá el punto de quiebre llegó con el ruido. Nos habituamos tanto a él que olvidamos que solo en el silencio la realidad puede hablar con claridad. Preferimos la distancia segura de las pantallas, el filtro que suaviza lo incómodo, la reafirmación instantánea que evita toda fricción con lo real. Y así fuimos cediendo algo que nunca debió soltarse. Nosotros, que éramos los sensores perfectos, diseñados para registrar lo sutil, para estremecernos ante lo real, terminamos delegando esa labor a artefactos que no sienten nada. Le entregamos nuestra percepción a máquinas que procesan pero no comprenden. Máquinas artificialmente sensibles. Accedimos a cambiar la intuición por el algoritmo, la pausa por la notificación, la escucha por el procesamiento automático. Olvidamos que la capacidad de percibir es connatural a nuestra especie. Porque estamos hechos a medida para notar. Para dejar que la vida nos toque antes de intentar dominarla.
Y por si no es aún evidente lo verbalizo ahora: a eso que hemos decidido renunciar, consciente o inconscientemente —por miedo o por adaptación—, es a nuestra sensibilidad. Y conviene decirlo sin rodeos ahora que la palabra está tan desgastada. La sensibilidad no es una emoción amplificada, es nuestra inteligencia más primitiva. Es la facultad que nos permite registrar el mundo sin distorsionarlo, los poros a través de los cuales las sensaciones físicas y emocionales nos colocan en el presente y nos devuelven la posibilidad de experimentar la vida de manera genuina. Es la condición que nos abre al otro, que nos pone delante de la realidad sin deformarla, que nos permite responder en lugar de reaccionar. Y no añade drama, añade lucidez. No nos vuelve frágiles, nos vuelve permeables. Y definitivamente no pretende amplificar lo que sentimos sino afinar lo que percibimos.
Y ahí está el punto. Sin sensibilidad, perdemos el acceso a lo común. Sin ella, la realidad se fragmenta y nosotros con ella. Con su presencia, en cambio, vuelve a ser posible un diálogo directo entre lo que es y lo que somos; el encuentro que no la imposición. Volvemos a dar a lo elemental, al silencio como fuente sagrada de honestidad. Y si bien sería incorrecto decir que la sensibilidad fabrica certezas, podemos afirmar que, naturalmente, nos acerca a ellas. No dicta conclusiones, pero orienta. No protege del dolor, pero revela qué pide la vida de nosotros y qué pedimos nosotros de ella. Porque en nuestro diseño [humano] nada es un adorno y todo tiene un propósito vital, y la sensibilidad se nos ha sido dada como un don, como un regalo para liberarnos de la presión de inventarnos el mundo.
Por eso, recuperarla no es un gesto romántico sino un acto de supervivencia humana en el cual luchamos por reconquistar el patrimonio más antiguo que tenemos. Y debería entenderse como el mayor desafío de nuestro tiempo. Porque se trata de volver a lo nuestro, a la intuición, al matiz, a la pausa que permite entender al mundo, al otro y a nosotros mismos. Se trata de comprender que la vida tiene mucho más que ver con lo que ella quiere hacer con nosotros que con lo que nosotros queremos hacer con ella. Y eso es liberador… por lo menos a mí me conmueve hasta lo más profundo.
No quiero sonar fatalista, prometo que escribo esto con cada gota de esperanza que me habita, que no son pocas. Porque siento cómo la sensibilidad retumba en las interacciones entre extraños que veo sentada desde el banco en la calle, en las familias que debaten con amor y escucha, en las empresas que se preocupan por sus clientes, en mí misma cuando me atrevo a parar. A parar de verdad.
Volver a mirar al mundo sí es posible y parece que la necesidad es cada vez más evidente.
En ese sentido, no recuperamos la sensibilidad para vivir más cómodos. La recuperamos porque la alternativa —vivir dentro de ficciones producidas por el miedo y sostenidas por el ego— nos está agotando. Porque necesitamos volver a un modo de estar que no falsee lo que ocurre ni nos falsee a nosotros. Porque hay un cansancio profundo en sostener versiones editadas de la realidad que nunca terminan de sostenernos. La sensibilidad definitivamente no promete alivio, pero promete algo mucho más definitivo, que es estar en contacto con lo real. Y eso, por incómodo que sea, es lo que más necesitamos.
Recuperarla es volver a ser humanos en una época que nos anestesia justo donde más deberíamos estar despiertos. Y al hacerlo entendemos que la realidad no es un misterio ni una conquista, es un ejercicio de presencia. Y no necesita que la mejoremos. Porque lo real se ordena solo cuando dejamos de distorsionarlo.
M.ª Patricia Pareja
Estrategia e Innovación en Soulsight
