Hay caminos que se eligen y caminos que nos eligen. Los primeros tienen mapa, plazos y destino; los segundos solo ofrecen la certeza de que quien los emprende no regresa siendo el mismo. Para estos últimos existe una palabra que hemos acabado gastando a fuerza de usarla: odisea.
Hoy llamamos odisea a encontrar aparcamiento un sábado o a renovar el pasaporte, y en esa trivialización se ha perdido lo esencial. Contrariamente a lo que se piensa, una odisea no es un camino difícil, es un camino que transforma. Su desenlace no depende de nosotros, el trayecto tiene voluntad propia y aquello que encontramos en él (y lo que perdemos) termina reescribiendo quiénes somos.
No es casual que del mismo relato naciera otra palabra. Los griegos llamaban «nóstos» al regreso y «álgos» al dolor. De su unión surgiría la nostalgia, el dolor de volver a un lugar que ya no encaja con quien somos. Todo sigue donde lo dejamos, pero nada es igual, porque quien ha cambiado es el viajero.
Todo viaje empieza con una renuncia. Quien coge lo que cabe en una maleta y se muda porque allí donde vive no hay oportunidades, quien abandona un proyecto para empezar de cero, quien cierra una etapa que ya no se sostiene: todos dejamos atrás un lugar en el mundo y una versión de nosotros mismos que no recuperaremos. Y lo que más duele es descubrir cuánto de nuestra identidad dependía de ello, en un vacío que, en muchas ocasiones, se torna casi existencial: “¿quién soy yo en el mundo?”
Por eso, los peligros más graves del camino no son los que aparentemente amenazan con hundirnos, son los que nos hacen olvidar a dónde íbamos. Está el olvido dulce de una rutina lo bastante cómoda, un scroll lo bastante infinito para anestesiarnos. Está el canto de quien promete saberlo todo (el gurú de turno, la métrica infalible, el algoritmo omnisciente), frente al que no sirve la fuerza de voluntad, sino conocer la propia debilidad y atarse al mástil a tiempo. Y está la jaula dorada, que rara vez se presenta como trampa y suele llegar en forma de ascenso o estabilidad.
Todas las anteriores son situaciones muy personales, pero los viajes rara vez acontecen en soledad. Aunque en ocasiones queramos aparentar autosuficiencia (más aún en estos tiempos), la naturaleza social del ser humano se impone, y las relaciones también nos atraviesan y transforman. Cada persona que se cruza en el camino deja algo en nosotros: una pregunta, una herida, una forma nueva de mirar. Algunas nos acompañan toda la travesía; otras suben a mitad de trayecto o se quedan en algún puerto, porque crecer también implica, a veces, separarse. Lo verdaderamente difícil es seguir viajando juntos cuando cada uno cambia a su ritmo, sin exigir al otro que siga siendo quien era al zarpar. Al fin y al cabo, nadie se transforma en soledad: también somos aquellos con quienes compartimos el camino
Quien vuelve de una verdadera odisea casi nunca lo hace como imaginaba: sin la victoria soñada y, a menudo, sin la mitad de lo que llevaba. Vuelve siendo nadie. Tardé mucho en comprender que las ansias de controlar el destino son una cárcel en sí misma. Por eso, solo quien suelta el nombre, la reputación y la historia que se cuenta sobre sí mismo puede construir una identidad que no sea heredada, sino libre y consciente.
Es por eso que la aceptación de que el camino nos cambie es condición de causa, para dar paso a la transformación que por naturaleza nos corresponde.
Zarpa. Nadie vuelve igual, y de eso se trata.
Álvaro Rovira Canals
Cultura y Liderazgo en Soulsight
