Lo que no se dice no existe

Cuando dos o más personas conversan, ocurren un sinfín de cosas maravillosas, pero muchas de ellas son a nuestros ojos, inapreciables. Por ejemplo cuando la conversación resulta agradable y se tratan temas que de alguna forma están conectando con quien los escucha, las personas tendemos a adaptarnos sincrónicamente entrando en ritmo común, sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Nuestro cuerpo se acompasa, nuestra respiración y nuestro corazón lo hacen también. Nos enganchamos a su melodía y lo hacemos de una forma natural, orgánica, de pronto, somos uno. Parece que sabemos cuándo es nuestro turno para hablar, o si por el contrario debemos escuchar porque la otra persona aún no ha terminado. Conocemos supuestamente cuáles son las normas en esa coreografía y sin embargo no siempre las tenemos presentes. Digamos que en la conversación, las reglas del juego se aprenden pero una vez que se conocen, después hay que entrenarlas en el día a día. De igual forma sucede con los pasos de una coreografía.

En septiembre de 2021 escribí esto en un artículo para Wander al que llamé «Bailando en conversación». Hoy, cuatro años más tarde, aunque sigo pensando que la conversación y el baile tienen mucho que compartir, me gusta mirar más allá de la coreografía que puede llegar a darse cuando dos personas conversan y me ocupo de aquello que deja de suceder cuando no hay música, cuando la decisión es callar.

Ultimamente me acompaña una frase que ha ido ganando cuerpo espacialmente las últimas semanas: el lenguaje crea realidad.

Crea realidad.

Crea.

El lenguaje, crea.

Y es que, si bien las palabras nombran las cosas, construyen aquello que somos capaces de tocar, ver, pensar o sentir, estas funcionan como los ladrillos de un edificio que está siendo edificado, tienen una naturaleza viva porque son en si mismas creadoras de imaginarios y posibilidades. Son seres vivos que merodean a nuestro alrededor, las más suertudas, se quedarán recogidas al ser escritas.

Desde este plano, podemos decir entonces que aquello que no se dice se convierte en algo que es solo visible para quien lo piensa.

Lo de todos en cambio, tiene una capacidad transformadora. Nos recuerda que somos iguales y nos devuelve ahí, a la raíz de nuestra condición. No te olvides, eres un ser humano.

Se nos olvida con facilidad porque dime, si el lenguaje es algo inherente a nuestra condición y somos conscientes de ello ¿cuándo generamos espacios en los que nos permitimos ser igual que el otro? ¿Nos encaja ser iguales o estamos ante una búsqueda constante de encontrar aquello que nos aleja, lo que nos separa, aquello que nos hace sentirnos únicos e irrepetibles? ¿Pensamos en la conversación como un «yo-tú-tú-yo» en el que las líneas acaban por difuminarse o traemos al plano ladrillos impermeables a cualquier tipo de interacción?

Cuando verbalizamos lo que pensamos ofrecemos la posibilidad a la persona que tenemos delante de que aquello que estamos construyendo sea no solo suyo también, si no de que exista… y al tiempo, aún desde ideas distintas, brindarle la oportunidad de volvernos iguales.

¿Cuántas veces se te han quedado las palabras apelmazadas en la garganta? ¿Cuántos álbumes de palabras sin decir tienes archivados en el pecho? Hay cosas que da miedo decirlas porque no sabes si la realidad que se construirá en la conversación con el otro será la misma que te habías creado previamente en tu escenario mental, ahí donde todo lo puedes controlar.

En un diálogo hay que estar dispuesto a conocer algo que ignoramos y es ese «por conocer» el que nos enfrenta al abismo del miedo y en más de una ocasión decide por nosotros que esa conversación nunca tendrá otro lugar más que dentro de nuestra cabeza.
Normal que sea retador conversar, un espacio de diálogo y conversación debe cumplir unas normas «no escritas» que nos aseguren que la conversación se está dando, se persigue el entendimiento y acoge la diversidad. Un reto que puede tirar abajo un mundo interno lleno de sin sentidos.

¿Podríamos estar hablando, entonces, de que conversar es cuidar?

Cuidarse de elegir bien las palabras que representan aquello que quieres pintar en el imaginario común con el otro. Cuidar el espacio en el que quieres plantear que se inicie el baile. Cuidar de que no se establezcan dinámicas de poder que puedan tergiversar o trasgredir ese espacio común. Cuidar la traducción.

Y en especial cuidar el objetivo último del baile: dejarse tocar.
Lo que no se dice, no se puede palpar. Nos olvidamos del otro y se desvanece la generosidad que implica querer crear, construir, conversar. Nos olvidamos porque aquello que no se dice, no existe.

Y a ti, ¿qué se te ha quedado por decir?

 


Cristina Bucero
Directora Área de Visión y Cultura

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