Armonía

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La armonía ensambla en un todo, donde cada parte conserva su identidad, en cuyo interior lo diverso coexiste en equilibrio sin desaparecer

¿Qué nos produce la armonía? La palabra ‘armonía’ proviene del griego ἁρμονία, originalmente significaba ‘unión’ o ‘ensamblaje’ y posee un origen pitagórico. En Ideas clásica y cristiana de la armonía del mundo, Leo Spitzer señala que este concepto “describe un «ajustar» pero a su vez implica un «comprometer»”. Quizá, por ello, lo armónico nos genera una sensación cercana a la plenitud o completitud. Pero, nos falta algo. La sensación de armonía es la sensación de que nos fundimos con lo otro en un acto de compromiso en el que surge la unidad entre distintos. En ese instante efímero una posibilidad de ser aun no despertada, puede completar la ausencia de lo otro, recordándonos un Yo que es posible más allá del tiempo.

Lo armónico se aleja así de lo individual y nace en referencia a lo múltiple, revelando su capacidad para entrelazarse en una proporción y correspondencia que, asombrosamente, nos devuelve a la unidad, a lo individual, a lo pleno. Este concepto cobra vida en ese espacio liminal entre lo uno y lo múltiple, donde lo distinto encuentra su lugar en un todo coherente. Según Carl Huffman, la armonía para los pitagóricos implicaba una cierta concordia, unificación o uniformidad de los componentes del mundo. Lo armónico puede, por lo tanto, manifestarse a través de notas musicales, acordes, trazos, grabados, tallas, incluso a través de una mirada o dentro de nosotros mismos. Sin embargo, para que la armonía surja, necesita de lo otro, de lo distinto, para que ese vínculo se produzca. Una nota, por sí sola, no puede ser armónica sin otra que la acompañe en concordia; una mirada no es armónica sin otra que la mire comprometida.

La armonía tiende un puente entre opuestos: lo uno y lo múltiple. Podemos concebirla como un medio transformador que funde la diferencia en unidad, pero sin diluir ni perder la esencia de lo que es distinto. La armonía ensambla en un todo, donde cada parte conserva su identidad, en cuyo interior lo diverso coexiste en equilibrio sin desaparecer. Este proceso refleja la naturaleza de la misma creación, que sólo puede concebirse en el gradiente de fuerza que surge entre los opuestos. Para Heráclito, uno de los primeros filósofos, lo que es idéntico en cada realidad es la contraposición de cada cosa con su opuesto. De esta forma, el principio de unidad es inseparable del principio de multiplicidad, o de lo misma manera lo armónico da origen a lo disarmónico, y lo disarmónico engendra lo armónico. Este ciclo de tensiones, según el pensador de Éfeso, es lo que da forma al universo: una creación perpetua en la que los opuestos se necesitan mutuamente. En el décimo fragmento de Sobre la naturaleza, el pitagórico Filolao también apunta en esta dirección: “armonía nace exclusivamente de la unificación de los contrarios; porque armonía es la unión de una mezcolanza de elementos y consenso de aquellos que discrepan”.

En nuestra búsqueda personal de la armonía nos encontramos con la necesaria urdimbre que tejemos con lo otro, con lo que es distinto a nosotros incluso dentro de nosotros mismos y, por ello, la armonía nos interpela al compromiso y la unión. En la música, por ejemplo, la armonía requiere de notas distintas, notas que al unísono generan un todo armónico. No tiene sentido hablar de armonía si las notas son iguales, eso solo refuerza la igualdad. Si hablamos de pintura, los trazos han de ser diferentes y, de esa diferencia, nace la obra de arte. Por lo tanto, la armonía requiere la diferencia o, como decíamos antes, lo distinto, lo otro. Adoración y respeto por lo distinto, nos susurra la armonía.

Este concepto se puede extender metafóricamente a los grupos humanos, a los equipos, a las sociedades. Cuando pensamos en un equipo de trabajo, por ejemplo, la armonía emerge de la diferencia entre los individuos. Si todos piensan igual, solo se refuerza un pensamiento único, como si fueran la misma nota tocada una y otra vez, o como un cuadro compuesto solo por trazos idénticos. En ese caso, no hay creatividad, no hay arte, no hay armonía. Sin embargo, cuando los miembros del equipo son distintos —y siempre son distintos en profundidad— se genera el potencial para crear un acorde, una composición donde cada individuo aporta algo único.

Sin embargo, la diferencia, por sí sola, no garantiza la armonía. No toda diferencia es armónica. Para que un conjunto de elementos diversos forme un todo armónico, es necesario un cuidadoso proceso de refinamiento. Las diferencias deben cincelarse, limarse, y ensamblarse de manera que puedan coexistir en equilibrio, sin perder su identidad pero tampoco sin generar una melodía disarmónica. Así, como el mismo concepto de armonía lo indica, es a través del ensamblaje sensible de lo distinto como surge el equilibrio, la belleza y la unidad.

La armonía es, por tanto, una danza constante entre lo uno y lo múltiple, entre lo similar y lo diferente. Nos invita a reconocer la importancia de lo otro, de lo distinto, como la base sobre la cual se construye la unidad del conjunto. Es un proceso de creación y ensamblaje en el que las partes, lejos de perderse en la totalidad, encuentran su lugar y su sentido en el todo. En este sentido, la necesidad de armonía se vuelve más urgente que nunca, especialmente en un contexto social marcado por profundas divisiones, conflictos políticos, y desigualdades económicas. La armonía, entendida como la integración de las diferencias, no es solo una cuestión estética o filosófica, sino una herramienta indispensable para la convivencia y la belleza. De hecho, según Candela Pérez para Platón la Justicia puede ser entendida en cierto sentido como una armonía de las partes del alma.

En las sociedades contemporáneas y en los grupos humanos que en ellas se forman, cada vez más diversas cultural, racial y socialmente, la armonía implica la capacidad de reconocer y respetar las diferencias sin la imposición de la uniformidad a la que nos tienen malacostumbrados. En lugar de buscar homogeneidad, la verdadera armonía radica en la aceptación y el diálogo entre perspectivas distintas, porque de lo distinto nace el acorde (acuerdo). En un mundo que tiende a polarizarse y fragmentarse, es preciso entender que la armonía se presenta como una posibilidad de impulso y potenciación que es capaz de unir a las personas, incluso consigo mismas.

 


Miguel Peiró
Director de La Academia · Arte y Ciencia

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