La respuesta cambia mucho el enfoque de las potenciales respuestas.
Me encontraba en un congreso sobre tendencias de marketing cuando leí en la gran pantalla una de esas preguntas con manía persecutoria:
¿Cómo conectamos con la generación Z?
Suspiro al escribirla. El relato que acompaña la pregunta marca distancias. Ellos versus nosotros. Ellos hacen cosas que nadie se explica versus nosotros, que les necesitamos a ellos para que hagan algo.
Y tiene sentido que marquemos distancias. No solo por el también asumido mundo polarizado, sino también por la recurrente explicación de que llevamos desde la época de los griegos «quejándonos» de las generaciones que nos suceden. Adjetivos acordes a cada momento histórico, pero siempre acompañados de un relato que pone de manifiesto que los ojos con los que miramos a las generaciones jóvenes no están entrenados para ver las virtudes que traen.
Y eso que haberlas, haylas. ¿Es la intimidad una de esas virtudes?
Tengo la convicción de que sí. Que los millennials «tardíos» y las generaciones posteriores están cociendo una nueva forma de vivir su intimidad. Una menos expuesta a un desgastado escaparate digital, pero no exenta de peligros. ¿Y dónde no los hay?
El punto de partida: los viejos escaparates fatigados
Quizás ser receptor de lo novedoso nos vuelve más propensos a una adopción desmedida. En el libro Tristes por diseño: las redes sociales como ideología, el autor Geert Lovink señala que los programas de televisión dejaron de ser los espacios públicos y masivos donde hablar de la vida íntima o social de otras personas. YouTube, los videoblogs y, por supuesto, el uso de los smartphones abrieron un mundo de posibilidades; entre ellos, el de los millennials que se sintieron libres para hablar de su estado de ánimo ante la cámara y completos desconocidos.
«La individualización y las confesiones ya no se guardan en un diario o se limitan a un pequeño grupo de amigos, sino que se exponen instantáneamente para que todos las vean», reza Geert.
Esta tesis se repite en varios autores y pienso que lo interesante no es solo bucear en los nuevos espacios en los que habitamos la intimidad, sino en otros aspectos de nuestra personalidad que se han transformado. Sherry Turkle es profesora y autora de varios libros donde reflexiona sobre cómo la tecnología nos transforma (o trastorna, según lo mires).
En su libro En defensa de la conversación, relata la historia de Melissa, una estudiante a la que le encantaba escribir en su diario personal para volcar todo lo que había visto, sentido y vivido al cabo de un día… hasta que llegó Facebook. Entonces, la intimidad del cuaderno pasó a recogerse en esa pregunta con la que la red social te da la bienvenida: «¿Qué estás pensando?». Melissa tecleaba ahí lo que seguían siendo sus reflexiones, pero edulcoradas por la Melissa que quería proyectar a sus amigos. Así es como la intimidad y la honestidad toman caminos diferentes, porque una cosa es abrirse al mundo y otra muy distinta es «abrirse en canal».
Ha llegado a su destino: los búnkeres de cristal
No hay migración que no transforme. Y así ha pasado con los sucesores de los millennials. Mientras estos han invertido energía y tiempo en moldear una identidad digital, las generaciones más jóvenes han sentido una carga en esa «identidad fija», han sentido rechazo ante la demostración de vidas obscenamente perfectas y, dado que la tecnología no es ninguna novedad para ellos, han decidido habitarla con sus propias reglas: las del anonimato para recuperar la libertad de mostrarse sin el peligro de ser juzgados.
Es como si estas generaciones vinieran con las ideas de Byung-Chul Han incorporadas. En su libro La sociedad de la transparencia, el filósofo coreano recupera el origen etimológico de la palabra «personalidad», que significa «máscara» para relacionarnos entre nosotros: «La sociabilidad del juego no descansa en la recíproca revelación propia. Más bien, los hombres se hacen sociables si mantienen la distancia entre ellos. En cambio, la intimidad la destruye». Dicho de otra manera, Han propone una tendencia que ya se ha instalado: la construcción de búnkeres (perfiles sociales) que podemos visitar, pero cuyos autores no conoceremos.
Adiós al dilema de Shakespeare
La cuestión de la intimidad y la manera en la que la habitamos condiciona cómo nos relacionamos con los demás. Quizás por eso es tan importante la cuestión.
Quizás por eso tenemos infinitos ejemplos de cómo una sobreexposición de una vida privada genera rechazo o levanta pasiones desmedidas. En la intimidad ajena vemos nuestro reflejo porque, en esencia y dentro de ciertas cotidianidades, somos y actuamos parecido cuando nadie nos ve.
Quizás ese es el motivo por el que quienes han expuesto su intimidad han ganado más atención, y la atención hoy es una moneda de cambio que no pueden canjear quienes han decidido preservar espacios privados. Quizás sea este el motivo por el que ya no nos vemos obligados a escoger entre ser o no ser, cuando la vida digital nos permite ser y no ser al mismo tiempo.
Sarah Santiago
Directora de Marketing en Soulsight
