Hoy, millones de personas están convencidas de que el problema de su desencanto es la esclavitud del trabajo, ignorando que lo que detestan en realidad es su actividad laboral en sí. Pero uno no puede dejarse engañar durante mucho tiempo, y la desconexión del propósito actúa como un espejo, dejando entrever la trágica realidad: que no estás donde te gustaría estar.
Y así, encadenado por facturas, contrariado por el cinismo en las esferas públicas y privadas y profundamente impotente, el virtuoso trabajador se convierte en ganado de explotación. Carente de toda libertad, al empleado medio solo le faltaba tener un trabajo insípido y aburrido para colmar la frustración sostenida de una vida sin rumbo.
La desesperación crece en consecuencia, y frente a un panorama tan desolador cada quién sucumbe al hedonismo, la depresión o el nihilismo con la finalidad de sedar su propia consciencia, acallando la voz interior y culminando la cadena de despropósitos con la máxima expresión del desencanto humano: la desconexión vital total y completa.
A veces me pregunto cuántas vidas mejorarían si todos nos dedicásemos a explorar y seguir nuestra vocación tal y como siempre lo hemos hecho. Por ejemplo, los romanos hablaban de la vocatio, una llamada de los dioses, los griegos del καλέω (kaléō) como invitación divina y las sociedades orientales al dharma representando el llamado interior al deber, la armonía y el propósito vital. Diferentes en matices, pero todos alineados en la idea del susurro interno que guía a las personas hacia un propósito trascendente.
Pero la realidad contemporánea es mucho más caprichosa, y una de las insignias de nuestra época consiste en denostar la virtud por codicia, hasta convertirla en un concepto perverso, que lejos de encarnar la virtud nos aleja de ella, o incluso provoca el desenlace opuesto. Estamos tan deshumanizados por intereses materiales que la idea de encontrar una vocación queda abandonada a su suerte, y la pasión por cultivarse ridiculizada a la tarea de algún friki. Pese haber atravesado siglos, culturas y civilizaciones intacto, hoy ha perdido todo tipo de conexión con la realidad humana y se ha transformado en un adorno en los discursos motivacionales y en los currículos corporativos.
Hemos vaciado de espíritu una idea que nació para recordarnos quiénes somos, y solo de nosotros depende devolverle la vida. La reiteración de este concepto es el eco de la historia que revela una necesidad esencial de la humanidad: la búsqueda instintiva de sintonía con aquello que despierta nuestra chispa — esa llama interior que enciende el motor de nuestra inspiración y nos hace sentir humanos. Y así, sumergidos en esa búsqueda de conexión emocional, racional y trascendental con lo que hacemos, encontramos un lugar en el universo materializando nuestra esencia.
Lo que hoy llamamos vocación es una caricatura tergiversada de lo que solía ser. Hemos pasado de una llamada divina y una invitación vital destinada a conectar con el mundo, a un repertorio de compartimentos que simplifican la complejidad del mundo y la profundidad humana a etiquetas que utilizamos para adornar nuestra portada: soy abogado, médico, arquitecto, ingeniero, filósofo… y un largo etcétera de cápsulas impermeables, que si bien nacieron para establecer un orden, hoy son el origen de la crisis de sentido vital que sufre la civilización contemporánea.
¡Y con razón, caray! Tenemos a «adultos» de 18 años que jamás han tenido la oportunidad de explorar sus intereses en un sistema escolar insípido e insensible, para posteriormente escoger una carrera que ni les atrae ni les motiva. Cada año, millones de jóvenes angustiados por el futuro barajan variables triviales como la empleabilidad, el grado de dificultad académica y la presión social (entre otras), con el único propósito de rellenar con certezas un futuro imprevisible, sacrificando todo tipo de coherencia personal en el proceso. Un pacto con el diablo: tu chispa vital por una falsa sensación de certidumbre.
Posteriormente, encontramos a recién licenciados con un grado en la mano pero sin la menor idea de qué hacer en el ámbito laboral; haciendo un pulso con las empresas por ganar en conciliación y dar por perdido el tiempo de vida que destinan a su jornada laboral. Vendemos horas de vida como un mero trámite para mantenernos en la rueda de la sociedad, mientras nos convencemos de que lo hacemos porque queremos —prostitución laboral, jaulas modernas, cementerios de sueños… llámalo como quieras—; vivir así no es vida.
Y por eso me dirijo a ti en estas últimas líneas, querido lector. Seas empleado o estudiante, senior o junior, es normal que te sientas desencantado, pero no es que no te guste trabajar; es que no te gusta tu trabajo. No pretendo arreglar el sistema en el que vives con este texto, pero sí hacerte más consciente de que la libertad no reside en escoger la disciplina o conformarte con una tarea, sino en moverte de una a otra con la finalidad de comprender tu propósito y cumplirlo mientras te diviertes por el camino.
Por eso, te invito a que cambies de estrategia, pruebes cosas nuevas, gires el foco, te aburras, te asombres y emprendas… pero sobre todo, que te des una oportunidad para conectar con la chispa y recibir la llamada de la vocación.
Cuando llegue, hazte un favor: no te resistas y contéstala.
Álvaro Rovira Canals
Cultura y liderazgo en Soulsight
