El mundo no es complejo, nos da pereza entenderlo

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Imagen generada con iA (Gemini).

Lo complejo está de moda (como lo holístico o la resiliencia, entran todos en el mismo pack).

Y es que hay (o se cree que hay) una combinación de factores en nuestro tiempo que hacen que este término tenga más vigencia que nunca. Que nos dan potestad para usarlo cuando queramos y como queramos.

Por ejemplo, porque el mundo ha dejado de ser legible. Porque los grandes relatos ya no alcanzan y las respuestas simples no valen para temas tan complejos como la IA, el cambio climático o las guerras híbridas.  O porque, por ejemplo, estamos más conectados que nunca y tenemos que pensar en el mundo como un sistema enredado, interconectado, que hay que abordar holísticamente.

Déjame decirte que no es más que un síntoma del egocentrismo de nuestra época. Todo siempre ha sido difícil, las respuestas simples nunca han valido y el mundo, aunque no tan interconectado, siempre ha sido un sistema enredado.

Lo que pasa es que lo que sí nos hemos vuelto es más perezosos. Y la complejidad aparece como una forma de nombrar lo que antes se intentaba comprender.
O sea, que como nos da pereza tratar de entender las cosas, como no podemos dar una respuesta, decimos que es que todo es muy complejo.

Básicamente, una excusa para no tomar posición, o para disfrazar la ignorancia con jergas.

Y perdonadme, estoy siendo muy categórica. Lo sé. Yo uso complejidad, holístico y resiliencia a diario, así que también es una crítica para mí misma. Soy hija de mi tiempo.

Pero bueno, es que hoy me he rebelado. Esta mañana, en una conversación con un compañero, ha salido la palabra complejidad como 50 veces hasta que he descubierto que era simplemente una forma de decir que nos daba pereza parar para tratar de entenderlo completamente y tener una respuesta. Es complejo y punto. La respuesta ya la dará otro.

Y no. La complejidad no debería servirnos como zona de confort intelectual. No debería ser sinónimo de ambigüedad vacía ni de evasión elegante. La complejidad no es un atajo para evitar pensar; al contrario, debería ser un modo de pensar más profundamente, no menos. Un compromiso, no una coartada.

Porque complejidad no significa confusión. No es decir “todo está mezclado”, como si eso bastara. No es suspender el juicio. No es hacer zoom out eterno para no mirar el centro. No es rendirse a la saturación del mundo.

Lo complejo exige más, no menos: más presencia, más precisión, más contradicción sostenida.
Y, sobre todo, más coraje. Porque entender de verdad lo complejo implica, muchas veces, tener que tomar decisiones incómodas, sin certezas absolutas, pero con consecuencias reales.

Así que posicióname, sí. Pero también posiciónate.

No digas que algo es complejo si no estás dispuesto a quedarte dentro del problema el tiempo suficiente. Si no vas a hacer el esfuerzo de separar lo que se enreda de lo que simplemente no quieres mirar. Si no vas a hacerte responsable.

La complejidad no es un ornamento del discurso. Es una forma de estar en el mundo. Una forma exigente, lenta y, a veces, dolorosa.
Pero bueno, todo lo que vale la pena lo es.

 


Ana Jara
Cultura e Innovación en Soulsight

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