Según Chat GPT, «la frustración es una emoción que surge cuando una persona se enfrenta a obstáculos o dificultades que le impiden alcanzar un objetivo o satisfacer una necesidad».
Por tanto, es inherente al ser humano, desde que tenemos uso de razón vivimos con ella, porque la vida no siempre es como queremos.
Nos frustramos cuando sentimos que nos esforzamos y no hay resultados, cuando parece que estamos dándole cabezazos a una pared una y otra vez. Nos pasa cuando repetimos errores que creíamos superados, cuando la gente no reacciona como esperábamos, cuando todo va más lento de lo que quisiéramos o cuando simplemente las cosas no salen. Es algo universal, nos da rabia que no nos den lo que creemos merecer, nos desesperamos cuando un proyecto se estanca y nos frustra ver que no tenemos el control.
Daniel H. Pink, en La sorprendente verdad sobre lo que nos motiva, dice que no vivimos solo de premios y castigos, sino que lo que realmente nos mueve es sentir que tenemos el mando de nuestra vida, mejorar en lo que hacemos y sentir que tiene un propósito. Y ahí está la trampa: nos frustramos justo cuando nos cortan las alas en estos tres frentes. Cuando no podemos decidir, cuando sentimos que no avanzamos o cuando lo que hacemos parece no que no tiene importancia.
Si nos ponemos filosóficos (como suele ocurrir en este espacio), Schopenhauer decía que el deseo es una fuente infinita de sufrimiento. Según él, estamos atrapados en un bucle: queremos algo, lo conseguimos y, en cuanto lo tenemos, pasamos a querer otra cosa. Básicamente, la frustración viene de fábrica porque siempre queremos más de lo que tenemos.
Pero, ojo, la frustración no es solo sufrimiento. También es un motor de cambio, el empujón que nos obliga a pensar, a buscar soluciones, a mejorar. Ninguna gran idea surge de la comodidad absoluta. De hecho, el descontento es el punto de partida de grandes cambios, desde movimientos sociales y revoluciones políticas hasta avances en la ciencia, el arte y la tecnología. Es por eso que si canalizamos bien la frustración podemos transformarla en algo útil, en creatividad, en acción, en cambio.
La clave está en encontrar el equilibrio. Un poco de frustración nos espabila, pero demasiada, que nos pongan constantemente en nuestra área de incompetencia (como diría nuestro CEO) nos desgasta. No se trata de evitarla a toda costa, porque eso nos llevaría a la mediocridad, sino de entender cuándo nos está empujando a mejorar y cuándo solo nos está consumiendo. A veces hay que insistir más, y otras veces hay que soltar y buscar otro camino.
Así que, en vez de pelearnos con la frustración, es mejor usarla a nuestro favor. Primero, aceptarla. Luego, preguntarnos de dónde viene, ajustar nuestro margen de maniobra y cambiar lo que podamos cambiar. Y si no podemos cambiarlo, aprender de ello y seguir adelante. No como quien se conforma, sino como quien ve cada fracaso como una nueva oportunidad.
Porque, en el fondo, la frustración es la prueba de que seguimos queriendo más, de que no nos hemos rendido. Nos recuerda que tenemos aspiraciones, que no nos vale conformamos con cualquier cosa. A veces nos dice que hay que cambiar de dirección; otras, que hay que insistir. Lo importante es no dejar que nos paralice. Que, si va a estar ahí, al menos sirva para algo.
Mencía Rubio
Estrategia de Marketing y Desarrollo de Negocio en Soulsight
