Islas de seguridad: qué necesita una promesa para sostenerse
Sarah Santiago

Qué desafío el de escribir sobre el concepto de promesa. Qué difícil desmigajar la voluntad de que algo en particular suceda sin caer en el cinismo tan promovido por los tiempos que vivimos. Tiempos en los que lo macro atraviesa, casi a diario, lo micro, mientras que lo micro nos demuestra su fuerza para sacudir el rumbo de lo macro.
Ante la tarea de reflexionar sobre palabras mayores, empecemos por uno de los periodos más oscuros de nuestra historia reciente.
Es la historia de una promesa cuyo desenlace conocemos de sobra. Era agosto de 1939 y en Moscú se reunían los ministros de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop (Alemania nazi) y Viacheslav Mólotov (URSS). Ambos estaban allí para pactar un acuerdo de no agresión.
Hitler prometió a Stalin que Alemania no atacaría a la URSS. Stalin, a su vez, prometió a Hitler que la URSS no se uniría a ninguna alianza contra Alemania. En un protocolo secreto, ambos se repartieron además Europa del Este en esferas de influencia: nueve días después, Alemania invadía Polonia. El 17 de septiembre, la URSS hacía lo mismo por el este.
Hizo falta menos de dos años para que esta promesa se rompiera. En junio de 1941, Hitler lanzó la Operación Barbarroja e invadió la URSS.
¿Qué necesita una promesa para sostenerse? ¿Tiene sentido expresarla en ausencia de voluntad? ¿Puede una promesa generarse desde una máquina? Para responder, conviene desmontarla en los elementos que la hacen posible.
Prometemos cuando hay confianza, voluntad y libertad
«Todas las relaciones de los hombres entre sí descansan, naturalmente, en que saben algo unos de otros».
Así da comienzo «El secreto y la sociedad secreta», el quinto capítulo de Sociología, de Georg Simmel. Es un buen punto de partida para entender qué tiene que darse para que expresemos nuestra intención de hacer que algo suceda, ya sea en un entorno público o privado.
El primero de esos elementos es la confianza: confiamos en que la voluntad expresada se cumpla. Parece el elemento más lógico. Sin embargo, se nos ocurren ejemplos de promesas lanzadas en foros públicos en las que quien las recibe apenas confía.
¿Puede una promesa seguir teniendo validez si quien la recibe no cree en su cumplimiento? Lo veremos, Hannah Arendt tiene mucho que decir al respecto.
Volviendo a la historia, nunca sabremos con seguridad si Stalin desconfiaba de Hitler cuando pactaron la no agresión. Lo que sí sabemos es que el canciller alemán ocultó sus verdaderas intenciones, puesto que le movía ganar el tiempo necesario para invadir Europa sin que sus frentes se dispersaran.
Esto nos lleva a un segundo elemento, la voluntad. Una promesa hecha sin intención de cumplirla está vacía. Y la voluntad descansa a su vez sobre un tercer elemento, aparentemente menos lógico pero crucial, pues es la antesala de cualquier acto deliberado: la libertad.
Podemos prometer porque, ante todo, somos libres y elegimos articular nuestra intención de que algo suceda o, mejor dicho, nuestra intención de hacer por que algo en concreto suceda.
¿Tiene sentido comunicar una promesa privados de libertad? ¿Tenemos capacidad de crear una realidad cuando no podemos elegir la nuestra?
La promesa como remedio contra la impredecibilidad del futuro
Hannah Arendt desarrolla su idea de promesa desde una perspectiva política. En "La condición humana" (1958) afirma que las promesas sirven para establecer seguridad «en el océano de inseguridad, que es el futuro por definición». Sin estas «islas de seguridad» sería difícil dar continuidad a las relaciones entre personas. Es decir, las promesas nacen para crear espacios seguros en el presente e hitos de seguridad en el futuro.
Esto nos da pistas sobre otros dos elementos que componen una promesa: el paso del tiempo, que le es intrínseco, y la pluralidad, es decir, la presencia de los otros. Para Arendt, nadie puede prometerse válidamente algo en absoluto aislamiento:
«Por lo tanto, ambas facultades dependen de la pluralidad, de la presencia y actuación de los otros, ya que nadie puede perdonarse ni sentirse ligado por una promesa hecha únicamente a sí mismo; el perdón y la promesa realizados en soledad o aislamiento carecen de realidad y no tienen otro significado que el de un papel desempeñado ante el yo de uno mismo».
Aquí encontramos respuesta a la pregunta que dejábamos abierta. Si lo que hace real una promesa es que se pronuncie ante otros, una promesa en la que nadie cree no deja de existir, sigue atando a quien la hace. Lo que pierde es su capacidad de crear una isla de seguridad para quien la recibe.
Para rematar su idea de promesa, Arendt nos recuerda en la misma obra que los pactos y las alianzas forman parte de nuestro sustrato histórico como humanidad: son lo que permite a un colectivo proyectarse hacia el futuro y no caer en «el caos y la desesperación», en sus propias palabras.
El pacto de 1939 fue justo lo contrario: una isla de seguridad levantada sobre una voluntad que nunca existió.
La promesa, ni automatizable ni delegable en las máquinas
Hablar de tecnología es hablar del futuro, por lo que en ese diálogo también formulamos promesas. Ahora bien, los sesgos, las creencias y la capacidad imaginativa de quien participa en el diálogo juegan a favor o en contra de que califiquemos esas promesas como mejores o peores para determinados grupos de seres humanos. No todas las personas del planeta se benefician del desarrollo tecnológico, mucho menos del de la IA. Y, por supuesto, aún estamos expectantes ante lo que el futuro depara a quienes sí usamos esta tecnología en nuestro día a día.
Volvamos a la pregunta del principio: ¿puede una máquina prometer? Si repasamos los elementos de una promesa, la respuesta es no. Una máquina no es libre, no tiene voluntad de que algo suceda y no queda ligada ante otros: genera respuestas. Puede redactar una promesa impecable, pero no puede comprometerse con ella. Cuando hay una máquina de por medio, quien promete sigue siendo una persona o una organización.
Por eso, la pregunta relevante es qué pueden o no prometer las organizaciones en relación con el desarrollo de esta tecnología. Es de sobra conocida la falta de imparcialidad y neutralidad algorítmica de las máquinas: la IA genera sus resultados a partir de datos del pasado. No solo de los datos que cada persona introduce, sino de todo aquello de lo que se ha nutrido el algoritmo.
Volvemos aquí al primer elemento, la confianza. Presentar a las máquinas como objetivas compromete la confianza que depositamos en ellas, y también en quienes las usan sin la debida supervisión. Pese a que esto es algo que sabemos, las preguntas se hacen solas:
¿Qué grado de confianza depositamos en lo que arroja una máquina, aun siendo conscientes de su parcialidad? ¿Cómo nos sentiríamos si nos desvelaran que la información con la que ha sido alimentada va en contra de nuestros intereses como seres humanos? ¿O contra los principios y valores de un colectivo concreto?
El que cada persona pueda tener una respuesta diferente nos lleva a pensar en la cantidad de promesas que caben cuando se trata de tecnología. Promesas legítimas porque apuntan a la responsabilidad, la intervención y los límites, entre otros.
¿Estamos, como organizaciones y líderes, dispuestos a hacer promesas de esa índole? No es una pregunta retórica. Una máquina no puede prometer, pero quienes la diseñan, la implantan y la supervisan sí. Y, como en Moscú en 1939, una promesa vale exactamente lo que vale la voluntad de quien la hace.
Sarah Santiago
Directora de Marketing en Soulsight
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