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Una oda al caracol

«Una oda al caracol», por Esther Blázquez

Foto de Ben White en Unsplash

Esta oda va al revés del mundo, tiene urgencia pero no prisa.

Esta oda surge del día que paré a reflexionar y vi que no era el mundo el que iba deprisa. Cómo va a ser el mundo una cosa suelta, fuera de nosotros, que corre, se embrutece o embellece, se mete en guerras o se decide por la paz.
Esta oda nace de la tragicomedia de ver que los seres humanos nos hemos empeñado en dedicar nuestro tiempo a todo lo que nos acontece: lo que vemos fuera de nosotros está dentro. También a eso tan cómico de «no me da la vida» o «es que no paro».
Claro, la producción se ha vuelto tentadora y brillante. Nos identifica con el personaje por el que nos compran, nos aplauden, o nos reconocen.

Para que la vida nos dé hay que decidir qué le damos. Nos urge parar —sin prisa—, ir despacio a ratos, preguntarnos si decrecer tendría sentido, o, si no procede, tener el coraje de preguntarnos cuál es el propósito de nuestro anhelo por escalar, crecer, vender.

Esta oda al caracol es una invitación a descolonizar el tiempo, habitarlo con humildad a través de tres prácticas para nuestras Organizaciones y equipos.

La primera es el silencio. Me refiero a estar en silencio cuando hay ruido. Construirlo. Va más allá de no hablar y hay que insistir. Es un compromiso para darse tiempo a que, aparentemente, no pase nada. Pero es que en el silencio todo acontece, la verdad. Y este compromiso urge para darse tiempo a contemplar, y que, de tanto hacerlo, uno se sienta parte de lo que contempla. No por empatía, sino por atención y presencia. En un equipo que lo hace ocurre algo mágico: se dan el tiempo de habitar un problema porque, sólo con hacerlo, son conscientes de que la relación ya evoluciona. Qué fortuna.

La segunda es ser perros. Sé que suena raro para el business pero te va a gustar. Hay una cosa que hacen todos los perros del mundo cuando ven a su familia humana: se alegran infinito. Los perros masterizan el hackeo del tiempo cada vez que llegamos a casa, no existe nada más que la alegría del encuentro. El perro detiene su mundo para ofrecerse a ti. Si cambiamos de la frase anterior perro por manager, tendremos a un equipo presente. No se me ocurre mejor inversión en el capital humano de una Organización. A veces me imagino cómo sería una empresa que tuviera este valor escrito en las paredes de la ofi: «me alegro mucho de verte, y estoy aquí para ti».

La tercera es el misterio. Tener la voluntad y el coraje de no pretender la certeza de las cosas todo el santo día. Y entregarnos a este misterio porque sí, porque sí. No justificar nuestra entrega a lo desconocido bajo ningún ROI. Invitarnos a mirar al mundo sin ponerle palabras, sin describirlo ni opinarlo, habitando un lugar que se siente y no se describe. Para el misterio no valen los Objetivos, solo entregarse. Es una rendición sin derrota. Si has meditado, rezado, sabrás de qué hablo. También si has vivido un proceso creativo radical o has subido una montaña de tres mil metros. Habría más ejemplos pero lo que importa aquí es entender que el misterio no es un lugar al que ir sino al que entregarse, se habita con respeto y se siente cuando dedicamos tiempo a no-saber y a ver belleza en ello.
También se siente cuando nos despedimos de las opiniones un rato. Por eso nos urge —y esta vez con prisa— proponer a nuestros equipos dejar de apuntar lo que falta, trascender las opiniones que tanto agotan y tanto mueren, atreverse a decir «no lo sé» y que esto se aprecie. Acordar esta entrega al misterio por amor a la vida y no al resultado.
Lo he visto en líderes cada vez que tienen el coraje de preguntarse qué pasaría si un colega con el que nunca están de acuerdo tiene razón. Cada vez que eligen tener-paz, y no tener-razón.

Estamos asistiendo a un momento liminal en el que las personas que lideran Organizaciones ya han visto que aprender fórmulas ya no sirve. Que potencialmente hay tantas como personas en la empresa. Que tal vez sea más humano preguntarse las veces que haga falta, además de qué queremos conseguir, cómo vamos a hacerlo: con certezas o con indagación, dirigiendo o implicándonos, señalando problemas o identificando patrones, jugando a ganar o jugando a seguir en el juego, queriendo vencer a nuestros rivales o entendiendo cuáles son dignos y aprender de ellos, y así un largo etcétera que en su propósito tiene amor o miedo.

Yo he propuesto estas tres prácticas y hay más, es decir, le corresponde a los equipos decidirlas porque llevan el nombre de todas las personas de la Organización. Surgen de su anhelo. Se saben haciéndose muchas preguntas, muchas. Y queriendo —de verdad— parar, parar y parar para decidir, junto con el silencio, la alegría infinita y el misterio, cómo queremos vivir este tiempo tan humano. Este tiempo tan lleno de vida que tanto nos da.

 

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Esther Blázquez Blanco
Consultora de Liderazgo y Cultura Organizacional
Speaker y Facilitadora

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