Si nos atenemos a la etimología de «sosiego», su raíz indoeuropea (sed-) significaba «sentarse» (origen de palabras como silla o sedentario). Fue durante la evolución del castellano antiguo cuando el verbo original, sessegar, alteró su inicio por analogía con el prefijo «so-», transformándose en «sosegar». Y así, se creó el sustantivo «sosiego» con el que nombramos el estado de calma.
El sosiego es más que un sinónimo de serenidad o tranquilidad, pues podemos sentirnos así estando como estamos la mayoría del tiempo, ocupados. Hallarse sosegado es aspirar a cruzar las fronteras de la paz mental, o del sentimiento de calma, pues el sosiego conlleva cerrar el círculo hacia el reposo o la quietud, o incluso nos lleva de la mano a una subversiva forma de resistencia hacia los actuales tiempos colmados de estímulos, velocidad y productividad.
Aspirar al sosiego es, a fin de cuentas, una postura hacia el mundo.
El sosiego habita en cuatro paredes
En su obra «Pensamientos», Blaise Pascual expone una frase que ya se considera célebre: «La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación». Es menos conocida que esta afirmación está enmarcada en un capítulo titulado «Diversión» haciendo referencia a la divertirse desde un punto de vista impopular porque en este sentido, divertirse no se refiere al ocio o al juego, Pascual llama diversiones a los ajetreos en los que nos aventuramos no porque nos hagan felices, sino porque nos distraen de nosotros mismos:
El único bien de los hombres consiste, por lo tanto, en que se les divierta de pensar en su condición, bien por medio de una ocupación que les aleje de ese pensamiento, bien por algún sentimiento agradable y nuevo que les ocupe, o por el juego, la casa, algún espectáculo apasionante y, finalmente, por eso que llamamos diversión. De ahí viene que el juego y la compañía de las mujeres, la guerra, los altos cargos, sean tan buscados.
Podría decirse que Blaise Pascal era un hombre bastante casero, pero no es el primero que señala que el enemigo es estar ocupados y que no hay que desplazarse a ningún retiro ni escenario natural para estar sosegados.
Mucho antes, en el libro «Sobre la tranquilidad del alma», Séneca nos invita a huir de la actividad estéril, que no es más que la vida ocupada; a olvidarse de quehaceres superfluos; y compromisos sociales vacíos porque es evidente que consumen tiempo pero más grave es que nos impide estar con nosotros mismos.
Lo mismo sucede a cada uno de aquellos que salen de casa para engrosar el gentío y unos motivos banales y triviales lo llevan de un lado a otro de la ciudad, y, aunque no tiene ningún trabajo que hacer, la salida del sol lo echa a la calle y, tras chocarse en vano contra los umbrales de muchos, y haber saludado a los encargados de anunciarle, rechazado por muchos, era más difícil visitar a alguno de todos estos que encontrarlo a él en su casa.
Resulta contraintuitivo que resguardarnos del mundo pueda traer un estado de sosiego. Hay quien podría pensar que la introspección a la que nos anima Séneca o Pascual es un potencial peligro, es la apertura de la caja de Pandora interna, la revelación de pensamientos y sentires que nos habitaban y que revelan lo que ignoramos de nosotros, lo que desconocemos de lo que nos pasa y por tanto, una verdad que tememos.
¿Acaso no tendría sentido arrojar luz allí donde hay oscuridad para sentirnos un poco menos desosegados?
Not my tempo
La aspiración a un estado de sosiego también se ve truncada cuando aún no hemos cruzado el umbral de la puerta de casa. En la intimidad de las cuatro paredes, encontramos una variable exigente como la que más, una que nos impone condiciones y límites de velocidad que son inabarcables por arriba y ajustados por debajo. Así es el tiempo.
Nos sabemos necesitados de tiempos lentos o incluso de pausas, pero ¿cuándo satisfacemos esa necesidad? ¿En qué elegimos lentitud frente a la velocidad? ¿Realmente creemos que podemos elegir?
Carl Honoré aborda el sosiego desde el concepto del tempo giusto en su libro «Elogio de la lentitud». El tiempo justo como una forma de combatir los tiempos modernos o la enfermedad de la prisa. El tiempo justo como una suerte de virtud al saber aplicar el equilibrio entre lo que merece el acelerador y lo que requiere freno.
Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo; en este caso, la calidad prima sobre la cantidad. La lentitud es necesaria para establecer relaciones verdaderas y significativas con el prójimo, la cultura, el trabajo, la alimentación…, en una palabra, con todo. La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento.
Con todo esto, aspirar al sosiego tiene mucho que enseñarnos: que unas veces es reposo, apartarnos del ajetreo, ir más lento o más rápido según se requiere; y otras veces, se trata de dejar de huir de nosotros mismos. Aspirar al sosiego, ya lo decíamos, es una postura hacia el mundo. Y como toda postura, no se alcanza: se sostiene.
Sarah Santiago
Directora de Marketing en Soulsight & Wander
