fbpx

Necesidad confundida

Creo que a día de hoy es difícil negar que vivimos en una sociedad basada en la inmediatez, la practicidad, una sociedad materialista, transaccional.

Parece que la modernidad nos ha dotado de esa especie de seguridad en nuestra propia permanencia a través de nuestra suscripción al tren del capitalismo.

A lo largo de la historia del ser humano siempre han existido fuerzas que se contraponen, que luchan y, en la medida en la que elegimos y decidimos al ganador, vamos escribiendo nuestra propia historia: luchamos con las fuerzas de la distracción y de la concentración. Con las fuerzas de lo útil a lo necesario. De lo relevante a lo no relevante. De lo inmediato o lo efímero a lo permanente. Y desde hace muchos años y a través de pequeñas decisiones hemos elegido la distracción, la utilidad, lo no relevante, lo efímero. Cualidades que nos definen hoy como sociedad moderna y esto ha hecho que como sociedad también estemos confundidos.

Estamos confundidos porque gracias al desarrollo económico-técnico del mundo moderno hemos perdido el sentido profundo de las cosas. Como dice Gonzalo Rodríguez, autor de El poder del mito: «El problema del mundo moderno no es tanto el desarrollo económico-técnico como la bancarrota espiritual que eso nos trae. Lo moderno no es tanto lo que nos da, sino lo que nos quita. Nos ha quitado el sentido profundo de las cosas y al regreso a eso, el mito y la leyenda son brújulas para orientarnos a volver a eso».

El sentido profundo de la existencia hasta hace muy poco nos lo daban una serie de elecciones, como la creencia en lo espiritual, en los mitos, en las leyendas, en la tradición, en el legado, pero los hemos cambiado por lo transaccional, lo útil. Pero sobre todo hemos dejado de preguntarnos «por qué». Estamos enajenados, envueltos en una huracán de estímulos y contenidos, viviendo a una velocidad que se nos queda grande y nos hace sentir que cada vez tenemos medio tiempo. Estamos metidos en un bucle infinito, en un presente continuo sin capacidad de mirar ni hacia el pasado (historia, antropología) ni hacia el futuro. Vivimos en un mundo transaccional.

La utilidad es una palabra que nace de la economía y explica o se refiere a algo que tiene capacidad para ser aprovechado de manera beneficiosa. Nos hemos convertido en elementos útiles para la máquina capitalista olvidando por qué hacemos las cosas y qué conexión tiene con nuestro propósito. Incluso el tiempo personal e individual lo vemos en términos económicos y de utilidad. Y lo mismo ha sucedido con los recursos, los hemos dotado de un significado de utilidad, transaccional y así nos hemos relacionado con ellos de la forma en la que lo hemos hecho.

La utilidad está intrínsecamente vinculada a la necesidad, ya que se manifiesta en la capacidad de satisfacer requerimientos específicos. La conexión entre utilidad y necesidad reside en la capacidad de un elemento para suplir ciertas carencias, facilitar tareas o mejorar la calidad de vida. En este sentido, la búsqueda de utilidad está estrechamente relacionada con la identificación y abordaje de necesidades concretas, destacando la importancia de encontrar y utilizar recursos eficientes y que también cumplan un propósito esencial en la satisfacción de requerimientos fundamentales.

Pero la necesidad, ¿es racional o emocional? La necesidad tiene mucho que ver con la satisfacción de lo elemental, que se podría considerar algo racional, pero también puede ser emocional y están intrínsecamente ligadas. Por ejemplo, la necesidad de seguridad (racional) puede estar vinculada a la necesidad de afecto y conexión (emocional). Además, la percepción de lo que constituye una necesidad puede variar entre individuos y culturas, ya que está influenciada por factores subjetivos y sociales. En última instancia, la comprensión completa de las necesidades humanas implica reconocer tanto los aspectos racionales como los emocionales.

De este modo, la forma en la que satisfacemos las necesidades básicas (que puede incluír la forma en la que explotamos un recurso o la forma en la que elegimos movernos por la ciudad) tiene también implicaciones emocionales, no están una separada de la otra.

En la creación del estado de bienestar definido como el modelo socioeconómico y político con el que contamos actualmente, y cuyo objetivo es asegurar el bienestar y la calidad de vida de sus ciudadanos, a través de proveer servicios esenciales y la implementación de políticas que aborden desigualdades y necesidades básicas, hemos creado una burbuja de satisfacción de necesidades que también tiene implicaciones emocionales. Así se explica excelentemente en el documental La teoría sueca del amor, en donde el triunfo del estado de bienestar sueco también ha traído consigo un alto grado de soledad y decadencia sociocultural y suicidios.

Mientras avanzamos en un modelo económico-práctico satisfaciendo nuestras necesidades a través de este estado de bienestar, nos hemos dado cuenta de que esa búsqueda de bienestar tan asociada con la felicidad, el buen vivir, tiene poco que ver con la ausencia de sufrimiento o la experimentación de necesidades.

La vida feliz implica superar dificultades, desafíos, controlar los retos del destino y esto se va perdiendo cuando nuestro confort y bienestar aumentan. Ahora mismo, en las burbujas de bienestar (que se podría decir que son América del Norte y Europa) tenemos de todo, pero somos menos felices que los países que tienen mucho menos.

Tenemos sanidad, garantía de desempleo, cada vez más opciones, más contenidos, más información, más energía, más movilidad, pero tenemos menos claridad, menos estética, menos sostenibilidad y mucho más estrés. Tal vez sea momento de darle una oportunidad a las fuerzas de la concentración, lo bello, lo permamente, lo profundo y reivindicar los valores que tiene la tradición y la no-satisfacción entera de las necesidades inmediatas para volvernos a encontrar con lo que realmente importa: nuestro propósito.

 

Leonor Ruiz
Estrategia e Innovación

Comparte:

Quizás te interese…