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Lo cringe se volvió moderno

Nos autodiseñamos constantemente para existir y para estar, para posicionarnos y ser reconocidos.

En el ciclo de conferencias que dictó entre 1933 y 1939 en la École des hautes études de París, bajo el título Introducción a la lectura de Hegel, Alexandre Kojève se refirió al deseo de ser admirado por los demás como deseo antropógeno: es debido a este deseo que los humanos se vuelven humanos. Podemos ver aquí los orígenes de la política identitaria contemporánea, que es, en esencia, una lucha por el reconocimiento.

Pero antes de seguir, me pregunto qué es la identidad, Boris Groys en su libro Devenir obra de arte argumenta que esta palabra posee dos acepciones, interconectadas pero distintas: la identidad del rostro y del cuerpo, pero también la identidad de un cierto carácter, un determinado patrón de comportamiento que resulta particular a cada individuo. Referenciando a Hegel, explica que un individuo no puede revelar su verdadero carácter mediante su apariencia, la verdad de una persona se manifiesta únicamente en la acción que demuestra qué posibilidades se encarnaron y cuáles no.

Ahora bien, mirando por la pantalla retina de mi smartphone pasando de largo por Pinterest e Instagram, me pesa la identidad. Todo es comparativo. Todo es una experiencia estética.

Nos autodiseñamos constantemente para existir y para estar, para posicionarnos y ser reconocidos. Los tatuajes, los grills, los cortes de pelo, la forma de vestir; pero también la actitud, el pensamiento,el desarrollo personal… todo puede ser diseñado.

El diseño del alma comienza a considerarse con las religiones, este diseño era garantía de la dimensión transtemporal y eterna del individuo humano. Actualmente podemos ver paralelismos en las nuevas comunidades que arrasan en los entornos digitales, como el caso del «influencer del fitness» Amadeo Llados que muestra nuevos mandamientos exigentes para el fiel, mandamientos llamados a «escapar de la Matrix» potenciando un despertar que tiene que ver con el diseño del propio cuerpo por encima de todo.

En la era digital, encontramos nuevos territorios y atmósferas donde existir, donde contarnos y mirarnos. Territorios que abren la posibilidad de que podamos ser diferentes. Gracias al auge de Internet y la cultura digital popular podemos entender los modelos de relación actuales y las tendencias. Un espacio que se convirtió a principios de los 2000 en un medio de expresión para muchos usuarios, que no habían conocido «la otredad» más allá de su espacio cotidiano. Un espacio ocupado para poder reinventarse, para reconocerse, el escaparate desde el que mirar los múltiples avatares.

Cada vez más, las empresas utilizan nuevas tecnologías y técnicas para crear experiencias visuales atractivas online. Sabemos que la estética de una marca puede atraer o repeler y transmitir valores y personalidad. Luchamos contra nuestros equipos de diseño para generar una cohesión estética constantemente para que el escaparate sea bonito en el exterior.
Sin embargo, la personalidad de la empresa también la forman las personas que se contratan y cómo estas se expresan en el interior y en el exterior. Siendo el espacio, un atributo que influye en el autodiseño.

El sujeto moderno está obligado a diseñarse a sí mismo, a realizar una autopresentación. Son los cuerpos estetizados los que captan nuestra atención y nos llevan a ofrecer nuestro apoyo. Nuestra propia experiencia estética nos maneja, nos guía e influye en la forma en que tomamos decisiones: bebiendo de múltiples realidades y adaptándose dependiendo del formato y canal. Una experiencia estética que muta y que nos exige saber responder a ella, porque si no igual se queda «casposo».

Pero nunca sabes, y es ahí donde te das cuenta de que hasta lo cringe se puede volver moderno.

 

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Lucía Acedo
Estrategia e Innovación en Soulsight

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