¿Dónde reside la fuerza?

Lo realmente esperanzador es que, una vez comprendes dónde reside tu fuerza, si partes de un compromiso sólido con ella y deseas honrarla, solo puedes sentirte cada vez más y más libre.

Estoy segura de que tú también has tenido alguna vez un día de esos en los que si pudieras no te levantarías de la cama; dejarías el día pasar sin tener que ocuparte de nada ni nadie, porque sencillamente no encuentras la fuerza ni las ganas de enfrentar cualquier cosa que tenga que ver con la vida más allá de tu edredón.

La energía que supone todo lo que solemos abordar en un día cualquiera en esos momentos se convierte en una idea de lo más agotadora. ¿Levantarse, hacer, cuidar, colaborar, conversar? Cualquiera de estas acciones son interacciones que reclaman un gran aporte de energía que en ese instante no somos capaces de asumir: carecemos de fuerza de voluntad.

Sin duda, para llegar a ese día entre almohadas has necesitado en otras tantas ocasiones disponer de la energía necesaria para hacer, cuidar, colaborar o conversar… entre otras muchas cosas. La energía no es infinita, se desgasta especialmente si se usa indiscriminadamente. Sin foco, la energía se dispersa.

Ser fuerte es una elección.

Todos podemos recordar situaciones en nuestra vida que no son todo lo amables que nos gustaría en las que hemos tenido que abordar cosas que son difíciles de asumir, o que pueden consumir nuestra energía y nuestra motivación porque nos desgastamos tratando de comprender por qué nos han sucedido o buscando soluciones. Aún así, de una forma u otra, hemos sido capaces de sobrellevarlas.

Levantarse cada mañana en ese contexto puede ser todo un acto de valentía ya que lo que supone que comience la jornada no es nada apetecible y te pesan hasta las pestañas solo de pensar en lo que te queda por delante el resto del día.

Desde una perspectiva física o que conecte de forma más clara con el cuerpo, la fortaleza puede también asociarse a la capacidad de sostener o aguantar una pesada carga, bien mental, emocional o física, durante un largo periodo de tiempo.

En relación a mis experiencias y dando por supuesta la fuerza física que se necesita para levantar peso, comprendo también la fuerza como la capacidad que tenemos cada uno de los seres humanos de dirigir nuestros pensamientos, escuchar, transitar y validar nuestras emociones y proyectarnos hacia el bienestar intencionadamente.

Una habilidad exigente que requiere de presencia y persistencia para ser capaces de sostenerla en el tiempo, pero que si se persigue, da sus frutos.

¿Una elección entonces? La intención que ponemos en las cosas que hacemos, el compromiso o la entrega que necesitamos para comprometernos, concentrarnos y conectarnos con lo que buscamos es la clave. Sin intención no hay compromiso consciente.

Qué importante es cuidar de forma constante de esa intención, de aquello que hemos decidido deliberadamente.

Elegir cada día hacia dónde quieres dirigir tus pensamientos y por lo tanto cómo te relacionas con lo que sientes y qué haces con la realidad en la que eres capaz de operar, me resulta todo un acto de libertad.

¿Significa esto que no podemos permitirnos flaquear en la vida? Más bien diría que al contrario.

Ser fuerte es saberse vulnerable.

La vulnerabilidad, lo queramos o no, es parte de nuestra condición como humanos. La clave aquí está no solo en no olvidarlo, sino en comprender cómo puede esa vulnerabilidad conectarnos con nuestra fortaleza: ¿cómo podemos hacer que una supuesta debilidad sea todo un potenciador?

Ser un ser sensible a la vida supone también ser consciente de todo lo que tenemos que exponernos si elegimos sentir, ya que sentir es también aceptar ser interpelado, dejarse atravesar.

Vivir sin sentir es como aguantar sin respirar bajo el agua, no es algo que podamos soportar durante mucho tiempo. El cuerpo es sabio y por lo tanto, lo reclama de una forma u otra, igual que el aire es necesario para respirar.

Saberse vulnerable entonces es conocer nuestras limitaciones tanto físicas como mentales, saber que somos seres en aprendizaje constante, que podemos ir más allá de lo que hoy somos capaces de ver, siempre y cuando nuestra intención sea seguir indagando y aprendiendo.

Sabernos vulnerables es conocer que tenemos límites y que hay ciertas cosas que nos pueden poner en riesgo. Cuando uno se sabe vulnerable se encuentra ante la posibilidad de convertirlo en una ventaja competitiva, porque conocer tus límites es conocerte más y desde ahí nace una ruta por la que poder explorarse.

Ser fuerte es ser sensible.

Ser sensible a la vida es elegir sentir como una fuente de exploración, conocimiento y riqueza. Una manera de aproximarse a la realidad.

Parece una tontería, pero en una sociedad en la que nos encontramos completamente aletargados, inundados por estímulos, ruido y contaminación, sentir es todo un reto. Para sentir hay que estar conectado con el cuerpo y al cuerpo lo hemos destronado.

Soy de la opinión de que el marco mental que hoy impera (no solo en las organizaciones), tiene más que ver con afrontar de forma racional todo lo que se nos pone por delante que con conectarse con el cuerpo y abrirse a él sabiendo que este también puede ser una fuente importante de conocimiento.

Sentir hoy es un lujo que unos pocos valientes se permiten porque en un mundo acelerado lleno de estímulos, tiene un precio. Sentir puede ser agotador si te resistes.

Antes hemos partido de la premisa de que los seres humanos somos seres vulnerables, y sentir es exponerse, dejar que las emociones nos recorran y poder ser capaces de leer la información que nos está ofreciendo nuestro cuerpo sobre la situación que estamos experimentando. Yo, en cambio, soy de la opinión de que aquel que se permite sentir, por ejemplo en el entorno empresarial (y por lo tanto se sabe sensible), es probablemente la persona más fuerte del equipo, aunque esto inicialmente parezca contraintuitivo.

En mi opinión esa persona está poniendo al servicio de las situaciones que se viven en el trabajo muchas más herramientas si sabe leer, comprender y gestionar emociones o si es capaz de identificar aquello de lo que no se está hablando pero claramente se encuentra presente en la habitación.

Ser fuerte es elegir el amor.

¿Ya estamos con el amor? Sí, como energía que mueve las cosas y está muy relacionado con despertar nuestro lado sensible. Soy bien conocedora de lo que puede suponer escribir sobre estas cosas y exponerse al juicio colectivo que entiende el amor como algo naíf. Para explicarme bien, partiré de la premisa en la que yo comprendo el amor como energía, una energía determinada que vibra en una frecuencia específica. Partir de esta premisa nos permite estar centrados en el tipo de energía que queremos tanto promover como atraer a nuestro alrededor, una muy concreta.

Ser fuerte en este sentido y en mi opinión, es decidir no salir por la tangente ante una situación de estrés o conflicto cuando lo sencillo sería dejarse dominar por la emoción y responder con rabia, impotencia o frustración o simplemente señalar en la dirección de la culpa hacia el otro. Ser fuerte aquí es enfrentar la situación desde el amor a lo que sentimos y desde el amor al ser humano poniendo la intención en encontrarse con el otro.

Lo que veo claro es que para que cualquier persona pueda decidir moverse desde el amor, necesita dejarse sentir y atreverse a identificar lo que siente: permitírselo. A mí en estas situaciones me ayuda mantener la concentración en buscar mi bienestar y abandonar sensaciones o emociones que traigan pensamientos que me impidan moverme de lugar. Coger el timón y tomar la determinación sobre lo que sí decido pensar.

Pero en este caso no elegimos distraer la mente con cualquier cosa, elegimos nuestra paz y nuestro bienestar para poder movernos desde el amor que queremos entregar a los demás.

Cuando una persona es capaz de reconocer sus emociones, de atravesarlas y aceptarlas, es capaz también de comprender que eso que siente no tiene tanto que ver con el otro como consigo mismo y su manera de comprender el mundo, además de conocer que eso por lo que está pasando él o ella le podrá suceder igual en otro momento a la otra persona porque: ES HUMANO.

La buena noticia aquí es que siempre que te mueves desde el amor, por complicada que sea la situación que estés viviendo, lo que viene de vuelta es más amor. En ese instante es donde comprendes el efecto que tiene desde dónde te mueves en las relaciones con los demás.

Ahí el amor es una opción que cuando la pones en marcha, siempre se multiplica de una forma u otra… ¿no es acaso eso toda una fortaleza?

La fuerza creativa.

Creo que el ser humano es por naturaleza un ser creativo, porque somos capaces de crear y lo hacemos constantemente. Creamos ideas, planes, vínculos, situaciones, conflictos, proyectos y hasta vida. Y esta naturaleza la veo muy conectada con nuestra capacidad de tomar decisiones (elección) y de focalizar nuestra energía en lo que queremos crear (intención).

Hace poco leí un libro que mencionaba cómo la energía que ponemos en las cosas a las que le dedicamos nuestros pensamientos es al mismo tiempo la energía capaz de atraer o repeler algunas de las cosas que nos pasan en la vida. Enseguida me vino a la mente nuestra capacidad creadora y se me abrió un universo de posibilidades en relación a dónde podemos enfocar nuestra energía creativa y cómo podemos perseguir nuestros objetivos tanto en el trabajo como en la vida.

Si la fuerza creativa reside en cada persona de forma natural, entonces, para conectar con ella el reto está en permitirse sentirla, en buscar dentro de uno y poner la intención en despertar del aturdimiento y acallar el ruido, pero no solo.

Como diría Anaïs Nin: “La vida se contrae o expande en proporción a tu coraje”, pero para ser capaces de expandirnos en relación a nuestra fuerza creativa, necesitamos recuperar la confianza en que somos capaces de crear, no solo cosas interesantes si no también con sentido y que puedan aportar valor.

Esta confianza empieza por reconocer los talentos que tenemos, no desde una perspectiva individualista sino desde el reconocimiento real de lo que sabemos hacer bien, aquello en lo que somos buenos; reconocer nuestro don y saber honrarlo.

El paso posterior es buscar fuentes que estimulen esa creatividad, saber mirar en sitios que nos permitan sorprendernos y al mismo tiempo que alimenten esa motivación interna. La fuerza creativa necesita nutrirse, es una energía expansiva pero es también muy fácil desconectarse de ella y que nuestras propias creencias imposibilitantes consigan enterrarla.

Por eso leer, disfrutar de una conversación transformadora con alguien a quien aprecias, acudir al arte como fuente inmensa de inspiración o cambiar de ambiente, suelen ser prácticas recomendadas cuando buscamos volver a conectarnos con nuestra fuerza creativa. Trampolines de motivación que nos permiten conectar con otras formas de aproximarse a la realidad y que, sobre todo, nos sacan de nuestros patrones de pensamiento habituales. Aquellos que siempre alimentan la misma parcela sin sorprendernos con nada nuevo.

Es curioso que sea la misma fuente desde la que podamos bien encontrar la fuerza o bloquearla por completo, y que por lo tanto nuestra mente pueda equipararse a una hoja en blanco para un escritor o un lienzo sin tocar para un pintor las veces que se quiera. Belleza y complejidad.

Lo realmente esperanzador es que, una vez comprendes dónde reside tu fuerza, si partes de un compromiso sólido con ella y deseas honrarla, solo puedes sentirte cada vez más y más libre.

 


Cristina Bucero
Directora del área de visión y cultura en Soulsight

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